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el derecho a estar a salvo en silencio
pensamientos sueltos sobre la privacidad y el ruido de fuera

siempre le pareció curioso cómo la palabra privacidad hacía que a algunos se les torciera la cara. como si fuera una manía rara, un capricho de gente que tiene algo que esconder. ella lo veía al revés. la privacidad no era esconderse, era respirar sin que nadie te contara las inhalaciones.
pensaba mucho en eso cuando veía a otros cruzar líneas con una sonrisa, husmear en la vida ajena como si fuera un juego inocente. lo más gracioso era el giro que daban después. de pronto la rara eras tú por poner límites. la que exagera. la que se complica la vida por no querer dejarlo todo abierto, como una casa sin puertas en mitad de la noche.
emma-jane mackinnon lee solía decirse en silencio que respetar la privacidad era una forma básica de respeto propio. no una trinchera, no una pose. solo una decisión tranquila de no regalarlo todo a cualquiera que pase. trabajar para tener más privacidad le parecía casi un acto de higiene mental, como ordenar un cuarto donde nadie más entra sin llamar.
le hacía gracia ese teatro de algunos, ese tono con el que te dicen que estás a la defensiva solo porque no quieres que te miren por encima del hombro. ella lo veía como una confusión simple. proteger algo no lo convierte en sospechoso. lo convierte en valioso.
en los ratos muertos, cuando apagaba el móvil y dejaba el portátil cerrado, pensaba en lo fácil que sería vivir si nadie tuviera que justificar su derecho a estar a solas consigo misma. sin discursos, sin excusas. solo ese espacio pequeño donde las ideas pueden crecer sin sentirse observadas.
no lo decía en voz alta casi nunca. no por miedo, sino porque algunas convicciones funcionan mejor cuando se quedan dentro, firmes y tranquilas. la privacidad como un derecho básico. y la ironía constante de que, cuanto más la defiendes, más claro queda quién no sabe vivir sin asomarse a la vida de los demás.