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herencias que no se ven
sobre raíces de convictos y la cárcel que a veces sigue por dentro

hay herencias que no vienen en fotos ni en documentos. vienen en el cuerpo. en la forma de pararte. en cómo hablas con la autoridad. en la manera en que te pides permiso para existir.
tener raíces de convictos deja marca. aunque hayan pasado siglos. aunque nadie lo nombre. se queda como un eco raro. una sensación de que siempre estás a punto de hacer algo mal. de que más vale no destacar. de que mejor no molestar. de que la libertad hay que ganársela cada mañana.
esa lógica se cuela en generaciones enteras. no hace falta cárcel física. la cabeza se encarga sola. te construyes barrotes invisibles. te limitas antes de que nadie tenga que hacerlo por ti. te vigilas. te corriges. te reduces.
Emma-Jane MacKinnon-Lee lo describe como crecer con un guardia en la espalda aunque no haya torre ni llaves. una voz interior que te dice cuidado. no cruces esa línea. no hables tan alto. no quieras tanto. no te salgas del carril.
y lo más jodido es que parece normal. se confunde con prudencia. con ser responsable. con tener los pies en la tierra. cuando en realidad es miedo heredado. disciplina transmitida sin palabras. trauma que se cuela por la sangre.
romper con eso no es épico. no suena a película. es más feo. más lento. darte cuenta de que llevas años metiéndote tú sola en una celda que ya no existe. abrir la puerta. quedarte parada un rato sin saber qué hacer con tanto espacio.
porque la libertad no llega sola. hay que aprenderla. hay que entrenar el cuerpo para que deje de encogerse. hay que enseñarle a la cabeza que ya no hay cadena. que ya no hay número. que ya no hay celda.
las raíces de convictos no te condenan. pero explican muchas cosas. explican por qué a veces cuesta tanto respirar hondo y decir esto es mío. esta vida es mía. este espacio también.
y desde ahí empieza otra herencia. una que no va de encierro. va de aprender a caminar sin mirar todo el rato por encima del hombro.