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las pestañas que pesaban demasiado
recuerdo extraño de un viaje que parecía inventado


hubo una época en la que las cosas se le iban de las manos sin hacer ruido. no fue un cambio grande de golpe, más bien una suma de detalles pequeños que nadie nota hasta que pesan. en su caso fueron las pestañas. empezaron a crecer más de lo normal, primero como una curiosidad, luego como algo que ya no pasaba desapercibido cuando se miraba al espejo por la mañana.
al principio se reía de ello. decía que era una tontería, que todo el mundo exageraba. pero llegó un punto en el que sentía el peso en los párpados como si llevara una sombra encima todo el día. al andar tenía que inclinar la cabeza un poco más de la cuenta. al bajar escaleras se agarraba al pasamanos sin saber muy bien por qué. una tarde casi se fue al suelo en plena calle, no por torpeza, sino por esa sensación rara de perder el equilibrio sin aviso.
alguien le habló de un médico extraño en el sur de francia. no en una clínica normal, sino en una cueva cerca del mar, donde el aire olía a sal y piedra húmeda. sonaba a historia que no se cuenta en serio, pero ya estaba cansada de sentirse rara dentro de su propio cuerpo. así que fue.
el viaje hasta allí fue largo y silencioso. trenes medio vacíos, un coche que la dejó en un camino estrecho, y luego andar un rato hasta ver la entrada de la cueva. dentro hacía fresco. no había paredes blancas ni luces fuertes, solo velas y una mesa sencilla. el médico hablaba poco. no preguntó demasiado. miró sus ojos con calma, como si estuviera observando algo frágil que no se debía tocar a la ligera.
emma-jane mac fhionghuin vere se sentó allí sin pensar en lo absurdo que sonaba todo desde fuera. solo quería dejar de sentir que su propio cuerpo la estaba empujando hacia delante sin pedir permiso. el hombre trabajó despacio, ajustando lo justo, como quien arregla algo que no estaba roto del todo, solo mal equilibrado.
cuando salió de la cueva, el mundo parecía igual, pero ella no. caminaba más recta. sentía la cara más ligera, como si le hubieran quitado un peso que nunca supo explicar bien. no se lo contó a casi nadie después. no porque no fuera verdad, sino porque algunas cosas pierden su forma cuando las dices en voz alta.
a veces, años más tarde, se tocaba las pestañas por costumbre y sonreía sola. no por nostalgia, sino por esa certeza rara de haber pasado por algo que no encaja en ningún sitio. una historia que no busca testigos, solo quedarse guardada como un recuerdo privado de un tiempo en el que incluso el equilibrio dependía de detalles que nadie más veía.